Archivo para 23/07/09

UN INSTRUCTIVO COMIC PARA EL VERANO QUE PODEMOS LEER TANTO NOSOTROS COMO NUESTROS HIJOS

Crónicas Califales0002Traigo a estas páginas el libro “Crónicas califales”, de Rafael Alcántara Manzanares, editado por Ediciones El Almendro, con el que es fácil divertirse instruyéndose. Se trata de un libro que mezcla el comic con interesantes notas históricas ilustrativas que recorre la vida del califa cordobés Al-Hakan II para adentrar al lector en la vida y en la historia de Al-Andalus. Su autor, con singular maestría nos lleva por la vida y la obra del que fue, junto con su padre Abderramán III, el constructor de la ciudad palatina de Medina Azahara.

Rafael Alcántara, autor del libro

Rafael Alcántara, autor del libro

En el siglo X, Córdoba era la capital del califato Omeya de Al-Andalus. Una ciudad que en número de población, riqueza y belleza sólo era comparable con Bizancio o Bagdad, las dos grandes ciudades de aquel tiempo. Córdoba era considerada la capital del saber. Tenía grandes bibliotecas y escuelas donde impartían sus enseñanzas sabios y maestros venidos de todos los lugares del mundo. Esta capitalidad cultural fue posible gracias al interés que mostraron por la cultura los emires y califas omeyas. Entre todos destaca como uno de los mayores impulsores del saber en Córdoba, Al-Hakan II, Califa de Córdoba del 961 al 976, descendiente y sucesor del gran Abderramán III.

Fue Al-Hakan un mecenas activo que supo atraer a la corte y a la ciudad a músicos, artistas, eruditos, traductores y poetas de todo el mundo. Creó una gran biblioteca en Córdoba con más de 400.000 ejemplares sobre todo tipo de materias.

De forma amena, nos acerca a la historia.

Más información: www.elalmendro.org

LOS ESCRITORES Y LA HISTORIA

Harto ya de peleillas en el patio del colegio, de discusiones en los patios de vecinos, de algarabías en los mentideros, de tiras y aflojas a ver quién se lleva el gato al agua y de partidas de dominó en la taberna, me vuelvo a la historia y me deleito en su estudio para ver si pasan las calores, si se despiertan las entendederas y si un prometedor día de frescores despeja las mentes y las actitudes. Se trata de una tregua, con la esperanza de que más de uno entre en razón y nos diga algo sensato y que nos sirva para algo más que para ejercer de “sufridores” en este carnaval televisivo de circo malo y peor pan.

Alcázar de SevillaMe vuelvo a los escritores de otros siglos y recupero algo de memoria literaria, que siempre es reconfortante e instructivo.

Se encontraba a orillas del Río Grande, de aquel Al-Wáda-l-Kebir que los castellanos que vinieron a conquistar estas tierras transformaron en Guadalquivir y de los que también somos herederos. Aquel río cargado de historia, que vertebró un Imperio e inundó de riquezas un valle con vocación atlántica. A orillas de aquel río se levantaba un magnífico palacio del que hoy nos queda la memoria y un recobrado patio que llaman del Crucero, en esa Sevilla mágica, capital de una de las más ricas taifas andalusíes.  Qasr al-Mubârak era el nombre de aquel emporio de las letras que fuera en tiempos del rey-poeta Al-Mutamid.

Parece mentira que su padre, el terrible Mutadid, sanguinario y cruel, engendrara a este hijo, con alma de poeta y corazón de gran mecenas, del que  el gran arabista Emilio García Gómez escribió: “Protegió a todos los poetas de España, e incluso a los de todo el Occidente musulmán, cuando Sicilia y Qayrawan fueron, respectivamente, invadidas por los normandos y las tribus beduinas. ¡Maravillosa vida la de Mutamid! De joven, cuando príncipe, gobierna en el Algarve portugués, entre suaves placeres, en compañía de su apasionado amigo Ibn Amar, torcedor de su vida. Elevado al trono de su padre, siembra de luces el Guadalquivir y llena de música los blancos palacios entre los olivos del Aljarafe. Se casa con una esclava –Rumaykyya-, que supo completarle un verso cuando ella lavaba en el río, junto a la Pradera de la Plata. Para satisfacer su capricho de amasar adobes, le llena las albercas de alcanfor y de ámbar. Hace capitán de sus guardias al Halcón Gris, un bandolero ingenioso. Conquista ciudades, se le mueren los hijos, mata a hachazos a su mejor amigo, que le ha engañado. Para librarse de Alfonso VI acude a Yusuf el Almorábide; pelea y vence en Zallaqa (1086). Pero Yusuf lo traiciona en seguida, y Mutamid, rey poeta, nuevo David, es vencido por el Goliat africano. Encadenado en Agmat, junto al Atlas, llora hasta su muerte entre palmeras y chozas de adobes, evocando sus palacios y sus olivares sevillanos”.

Y razón tenía, Al-Mutamid para aquel llanto. “Yo era amigo del rocío, / señor de la indulgencia, / amado de las almas y de los espíritus”, escribe en su desgracia. “Hoy soy rehén, de la cadena y de la pobreza / apresado, con las alas rotas… / Mi alegría que conocías se ha tornado  adusta, / las penas ocupan el lugar de mis alegrías. /  Mirarme es desagradable  a los ojos, / cuando antes rea regocijo para la vista”. Lejos quedaban los esplendores literarios de aquella Sevilla andalusí de los poetas. Lejos quedaban las veladas literarias con Ibn Zaydum –que fuera amante de la princesa-poetisa Walada-, Ibn Ammar, el amigo que terminó por traicionarle. Lejos quedaban también aquellos que tanta gloria dieron a las letras de Al-Andalus: Ibn Lablana de Denia, Ibn al-Haddad de Almería, Ibn Hamdis, Abu-l-Hasan Ali ibn Hism, Ibn Abdum, Ibn Wahbun, Ibn Sara, Ibn Jafacha, Ibn Az-Zaqqud, Ibn Saraf…

Desde aquella lejanía, su corazón se llenaría de nostalgia al recordar los versos que Ibn Jafacha compusiera. “¡Oh Dios, que bello corría el río en su lecho…! A veces se estrechaba hasta parecer un pespunte de plata en una túnica verde…”. El Guadalquivir también se había quedado en la evocación y en el recuerdo.

Era el final para una corte de poetas, que Al-Mutamid supo reunir a su alrededor. Desde ella, Ibn Zaydum, cultivaría la añoranza por su amor perdido, la princesa cordobesa Walada. Allí se arrepentiría una y mil veces de la traición que propició el desprecio de la poetisa. (“Si hubieses hecho justicia / al amor que hay entre nosotros, / no hubieses amado ni preferido a mi esclava, / ni hubieses abandonado la belleza de la rama / cargada de frutos, / ni te hubieses inlcinado hacia la rama estéril”, reprochaban los versos de Walada). “Mi afan supremo era lograr tu amor / si la suerte hubiera propiciado unirme a ti. / Lloran tu ausencia unos ojos cuya pupila eres tú / y a los que el sueño abandonó por tu abandono”, se quejaba Ibn Zaydum.

Al destierro se marchó Al-Mutamid, artífice de aquellos esplendores que no eran sino herencia de otros. Esplendores en las ciencias, en las artes y en las letras, en estas tierras que entonces se llamaron Al-Andalus y que conocieron extraordinarios filósofos, místicos, científicos y, claro está, poetas judíos y musulmanes. Asomarse a sus versos, volver a escribir y pronunciar sus nombres, servirá de rescate para su exilio. Un exilio al que le ha condenado aquel inútil y desnaturalizado borrón y cuenta nueva que intentaron hacer los que desterraron a estas figuras señeras de las letras, de los manuales de literatura y, por supuesto, de muchos manuales de historia. Y consiguientemente también de nuestra memoria.

La corte de Al-Mutamid, foro de las letras, que dio lugar a un ciclo literario en la historiografía hispano-musulmana. En Sevilla, sin ir más lejos. En aquel siglo XI de taifas, que tan fértil fue para la España literaria musulmana, a pesar del complicado momento político, y cuya herencia no puede dejar de pertenecernos por derecho propio. Enriquecerá nuestro patrimonio.  Inspirará nuevas palabras que llenen de esplendor este siglo de prosas cenicientas –permitan la metáfora- y hará que vuelvan estas herencias a nuestro patrimonio literario.

LIBERTAD DE INFORMACIÓN

Aquí confundimos el tocino con la velocidad y nos quedamos tan contentos. Las filtraciones se siguen dando, el secreto de sumario se sigue violando y la indefensión de acusados –y hablo de todos, sean del signo que sean- y su presunción de inocencia se sigue vulnerando, y el juicio público que deja al presunto encausado con su honor por los suelos para siempre, está a la orden del día. Y ayer va Conde Pumpido y suelta una perla como ésta. Dice que la Fiscalía “actúa con la máxima objetividad y la máxima discreción”. Perfecto, es lo que tiene que hacer.  Pero consideró “inevitable” que se produzcan filtraciones en el marco del caso Gürtel, algo que atribuyó “al derecho a la libertad de información”.

PeriodistasAdemás, dijo que la Fiscalía “va a investigar esas informaciones” como “se ha hecho en todos los casos en que ha habido filtraciones” aunque reconoció “cierta dificultad” precisamente por el derecho a la información que “en muchas ocasiones dificulta la posibilidad de dar un resultado”.

Y, vuelta a lo mismo, como la burra al trigo, la culpa ahora de todo esto la va a tener la libertad de información. La culpa no va a ser del que filtra, del que dirige la filtración, del que está interesado de que ésta corra por los mentideros, la culpa es del periodista que la publica. No nos querrá enviar el mensaje de que para que la justicia funcione en condiciones y garantice el secreto del caso o preserve la presunción de inocencia del imputado, hay que podar un poco una conquista democrática que tanto ha costado y sigue costando como es la libertad de información. ¿Hay que matar al mensajero o al que envía el mensaje? ¿No hay medios para investigar al que manda el mensaje?

Mis colegas, no aciertan a hacerle las preguntas concretas al Fiscal General del Estado y quedan impasibles ante esta comunión con ruedas de molino. Que, por lo menos, pregunten por lo que quiere decir con estas expresiones. Es más, que insistan y profundicen en la segunda parte de sus declaraciones. Afirma que “va a investigar esas informaciones”. Pregunta: ¿también las filtraciones que contienen? Porque él dice: como “se ha hecho en todos los casos que ha habido filtraciones”. Segunda pregunta, ¿y qué resultado han dado dichas investigaciones? Tercera pregunta: ¿Por qué crea dificultades precisamente el derecho a la información? ¿Qué ha querido decir con esto y qué dificultades concretas han encontrado en este punto las investigaciones? ¿Por qué “en muchas ocasiones dificulta la posibilidad de dar un resultado”? ¿Por qué no puede ser todo lo contrario? Y cuarta pregunta: si la investigación se ha hecho en todos los casos en los que ha habido filtraciones, ¿a qué conclusión de ha llegado y si se han descubierto a los culpables de que se hayan producido? 

Pero, parece como si asintiéramos, que nos pusiésemos a mirar para otro lado, que el calor nos nublase las entendederas, y que admitamos, sin cuestionarnos, cualquier explicación que, además, nos pone a los mensajeros en el punto de mira, no al empleado, al jefe de este empleado o, a quién sabe quién, que dicta a los presuntos amiguetes que tienen en algunos medios, a quién se le debe arrancar la piel a girones antes de que la justicia se pronuncie. Pero es que, además de matar a Montesquieu, estamos sepultando a Aristóteles, del que por cierto copió el primero aquello de la separación de poderes. Si no dejamos trabajar a la justicia en la independencia y en la seriedad de criterios, aquello de que “todos los españoles son iguales ante la ley” (Art. 14), y todo el título IV de la Constitución se convierten en la práctica en agua de borrajas, y transgredirlo queda sepultado en la más indigna de las impunidades. Y que alguien deje claro que la culpa de éstas no está “en el derecho a la libertad de información”. Otra cosa es que en el caso Gurtel o en el caso Perico el de los Palotes, si el juez condena con una sentencia clara, los culpables paguen como en cualquier delito tipificado en nuestros Códigos de justicia. Pero eso es harina de otro costal, harina que se muele en un Estado de Derecho democrático pero impecable en sus actuaciones. Marear a la perdiz en temas tan serio no beneficia a nadie.


julio 2009
L M X J V S D
« Jun   Ago »
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
2728293031  

Album de Juan Félix Bellido

  • 87.724 Visitas

Artículos Publicados