INSENSATAS ALERGIAS

Seneca

Seneca

Parece que estudiar Historia, investigar en ella, conocer un periodo histórico y desentrañarlo suscita sospechas o comentarios impertinentes. El otro día me preguntaron que por qué escribía sobre el período andalusí. La respuesta era sencilla. Mis estudios me han llevado a centrarme en la época medieval. Podía haberlo hecho sobre la Grecia clásica, sobre la bética romana, sobre la Ilustración o sobre el Renacimiento. La historia es tan amplia y variada que no se puede uno dedicar a todo y tiene que centrarse en un período. Mi tesis doctoral está dedicada a una escritora medieval: Leonor López de Córdoba, olvidada demasiado por la literatura española. Y sobre sus Memorias. Mis libros, tanto de ensayo como mis novelas y libros de relatos, se mueven en ese espacio medieval español. Pero lo que me sorprendió no fue la pregunta sino el comentario: escribes mucho sobre los “moros” –y noté cierto tono despectivo en la expresión-, pero es que la pregunta que le siguió me dejó perplejo: tú que estás, ¿a favor de los moros? Salí airoso con un chiste, porque no cabía tomarse en serio la pregunta, y se acabó el asunto. Menos mal que no había leído mi último libro sobre Maimónides, porque me habría preguntado si yo era judío. Y, desde luego, menos mal que no me he dedicado a estudiar a Aristóteles o a Aristófanes, porque en ese caso me hubiera acusado de pagano, porque desde luego éstos no eran ni musulmanes, ni cristianos, ni judíos, eran paganos. La manía de encasillarte y de ponerte la etiqueta. Como si estudiar un período histórico o unos autores, o unas fuentes implicara la propia fe, la propia ideología. Los que estudiamos historia, los que escribimos sobre ella, lo hacemos para ahondar en el conocimiento de la misma, sin barreras, sin otros intereses que los de divulgar lo que ésta nos enseña. Pero, ciertos períodos, levantan ampollas a los que no les interesa salir de la visión que la Enciclopedia Álvarez les enseñó en el colegio. No les interesa la memoria, sino una determinada configuración de la misma que no les interesa menear.

No quieren dar opción a la memoria. Y no es que practiquen el olvido completo como ejercicio habitual y único. Es que practican la memoria selectiva, que es una suerte de falacia encubierta. Son una suerte de alérgicos insensatos y, en muchos casos, impenitentes ignorantes. Su alergia nada tiene que ver con esos estornudos de pólenes y gramíneas, que tanto proliferan por estos pagos. Sus alergias son otras. Alergias mentales que ellos curan con antihistamínicos de poses falsas con apariencias serias.

Maimónides

Maimónides

Saltan en sus discursos de Don Rodrigo –al que no conocen de verdad porque lo único que aprendieron de pequeños fue la lista de los reyes godos- a los Reyes Católicos –a los que conocen sólo por el forro y además los manipulan- y evitan tener que hablar de Abd al-Ramam III. A Hasday Ibn Saprut ni lo conocen y, además, prefieren ignorar su existencia. No sé lo que les pasa. Yo intuyo que se trata de ese miedo y esa inseguridad que se agarra a un hierro ardiendo. Lo cierto es que la emprenden a garrotazos, antes de que hayas comenzado a explicarte. Prefieren la ignorancia a dar su brazo a torcer. Hablar de todas estas cosas es como hablar de una enfermedad letal que combatir. Como si hablar de Historia, en toda su extensión, no fuera hablar de maestra y de vida; de patrimonio rico y de puertas abiertas; de universalidad y de amplios horizontes. Y también de sombras, de reveses, de insensateces ejecutadas por unos, por otros y por los de más allá, pero que sucedieron, se dieron, se dan y se repiten. Y descubrir las falacias, las manipulaciones, los renglones torcidos y las fallas estructurales que siguen sin conducir a ningún lado es siempre constructivo. Pero hay que conocerlas y mirarlas a la cara. Esta tarde, hablando con uno de ellos, me acordé de una frase del poeta griego Yorgos Seferis: “Allí donde toques la memoria duele”. Y, como duele, porque en todo hay luces y sombras, y los aciertos van mezclados con errores, lo cual no deja de pesar en la conciencia –por mucho que se esconda- se descarta ese sano ejercicio que hoy alguien ha llamado “purificación de la memoria”. Se atan a ese tópico estándar construido ad hoc, borran de un plumazo siglos enteros, mezclando y confundiendo las churras con las merinas, y aquí no hay discusión ni esfuerzo por discernir. En la quema total ponemos en la misma hoguera lo bueno y lo malo. Y de esta suerte quedamos mutilados. La verdad es que se pierden parcelas considerables de verdad y belleza. Es diferente, luego no interesa, les dicta su inconsciente. Y, ¡ay, del que les remueva la memoria! Como duele, éste no sólo resulta incómodo, sino que de inmediato es condenado a la ignorancia.

Ibn Hazm

Ibn Hazm

Los que nos movemos por los terrenos de la Historia, como ejercicio noble, nos sentimos estimulados a trabajar en ese ejercicio, desde nuestra parcela y a nuestro modo. En la recuperación equilibrada del pasado, muchas veces sepultado por las armas de los vencedores que borraron de un plumazo muchos hechos, ejerciendo una suerte de hurto a las generaciones futuras del patrimonio de la memoria histórica, talaron raíces, ocultaron bellezas y progresos, ridiculizaron y minimizaron a otros hombres,  condenando a otras culturas, a otros credos, a otras formas de concebir la vida, exiliando riquezas universales que a todos pertenecen. Y ahí está, para bien o para mal, pero siempre para ver con mayor claridad, sin romanticismos exagerados, sin prejuicios, sin estrategias envolventes. Y escuchar a todo el que tenga algo que decir, para que nuestros horizontes sean más amplios. Así trato de acercarme en mis estudios –con todos los límites de cualquier acción humana- a los escritores de otras épocas. El esfuerzo consiste en no dejarse dictar sino por las fuentes. Los políticos siempre han hecho la historia con otras intenciones y siempre se han llevado el agua a su molino.

Tomar nota no sería mal ejercicio. Maestra es la historia y los tiempos reclaman nuevos talantes. Hechos pasados serían vistos con otras perspectivas y ese “nunca más” ayudaría a no volver a tropezar en el mismo obstáculo. Repetir los errores no parece justificable. Rectificar dicen que es de sabios.

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