EL CAMPO ANDALUZ

Huerta 1 “El príncipe –afirma un tratado que leo por estos días- debe prescribir que se dé el mayor impulso a la agricultura, la cual debe ser alentada, así como los labradores han de ser tratados con benevolencia y protegidos en sus labores…”. Es evidente que con la movida que de un tiempo a esta parte venimos padeciendo en el sector agrícola, he seguido con gusto y con pasión la lectura de un tratado –recuperado afortunadamente y traducido por Leví-Provençal y Emilio García Gómez- de Ibn ‘Abdûn, un sevillano de principios del siglo XII. Los problems del campo se multiplican en esta Andalucía de nuestros amores y de nuestros sufrimientos. El director de orquesta parece aturdido y despistado, el público asiste indolente a un concierto en el que la música la pone Europa o váya usted a saber quien, y nosotros bailamos a su son. Lo cierto es que a la postre va a terminar haciendo de todos nosotros más camareros y menos productores. Así que con pasión y curiosidad sigo leyendo ese rancio tratado que tanto me está sirviendo para conocer la Sevilla de entonces y, de camino, un rostro más de Al-Andalus. “También es preciso que el rey ordene –prosigue- a sus visires y a los personajes poderosos de su capital que tengan explotaciones agrícolas personales; cosa que será del mayor provecho para uno y otros, pues así aumentarán sus fortunas; el pueblo tendrá mayores facilidades para aprovisionarse y no pasar hambre; el país será más próspero y más barato, y su defensa estará mejor organizada y dispondrá de mayores sumas”. Y afirma con contundencia: “la agricultura es la base de la civilización, y de ella depende la vida entera y sus principales ventajas”. Escribe que “por los cereales se pierden existencias y riquezas, y por él cambian de dueño las ciudades y los hombres. Cuando no se producen, se vienen abajo las fortunas y se rebaja toda organización social”. Esto es lo que pensaban los españoles analusíes de aquella primera mitad del siglo XII en un tema tan crucial para nosotros como el de la agricultura. Los tiempos han cambiado, no cabe duda, pero sigue siendo interesante repasar nuestra historia. Y es que la agricultura recibe en aquellos momentos un fuerte impulso, propiciando así creación de riqueza, dinamización del comercio y mejora considerable de la alimentación. Se produjo lo que se ha dado en llamar “la revolución verde”, como ya decía en un “post” de hace días. Coles en la huertaÉsta fue posible –y así lo explica López de Coca- gracias a la difusión de los nuevos sistemas de irrigación adaptados al entorno de las ciudades y, sobre todo, a las zonas montañosas, donde harán factible la explotación agrícola de valles estrechos, terrazas y bancales. Unos sistemas que captaban el agua mediante el empleo de norias, en sus dos versiones, y de técnicas sofisticadas como el qanat, de origen iraní, que evita la evaporación y pérdida de agua. En fin, las técnicas más avanzadas del momento para una mayor productividad y un mejoramiento de los cultivos. Y así crecer, crecer, crecer. Algo que entonces sí que fue imparable. Fomento, ayudas, aplicación de las técnicas más eficientes y avanzadas y legislación pertinente. Estamos en lo de siempre. Gracias a la aclimatación de nuevos cultivos como el arroz, la caña de azúcar, las berenjenas, alcachofas, melones, sandías, algodón, azafrán y toda clase de frutales, el abanico agrícola se abre… y, de camino, la industria y el comercio; baste pensar en el moral, fundamental para la producción de seda. Se introducen también cultivos de secano como el trigo duro y el sorgo. Se desarrolla el cultivo del olivo –que conoce su época de mayor expansión- y de la vid. Y no sólo se usaban para hacer uvas pasas, pues vino se hacía aquí y se bebía –aunque el Corán pusiera sus reparos -; Ibn ‘Abdûn, sin embargo aconseja prohibir hacer copas y jarros de alfareros, por si las moscas y para, al menos guardar las apariencias. Y dice del aceite que los envases “deberán tener tapaderas, porque, si no, se meten en ellas los bichos, especialmente los ratones”. ¡El aceite de oliva, tan sano y tan mediterráneo, pero sin ratones! ¡Y el vino en Al-Andalus! Un rito que se practicaba sobre todo por las noches. “Sirve, copero, el ánfora en redondo –versificaba Ibn Ammar-. Ya el céfiro despierta, ya el lucero, que tensa bridas, el cansancio rinde…”. O leo a Ibn al-Mugît que me confirma: “Bebed en el jardín servidos por la mano de aquella que os da de beber de su boca y de sus ojos…”. Porque a pesar de las prohibiciones coránicas y de otras razones, en Al-Andalus –para beneficio de la herencia que hoy hemos recibido con tan buenos caldos- aquellos andalusíes conocieron también un texto del Corán que la intransigencia no tuvo a veces en cuenta, pero que posiblemente favorecería nuestra agricultura y los miles de vides que aún nos permiten elaborar los caldos generosos de estas tierras del Sur. El versículo 16 de la sura 47 describe de esta guisa el Paraíso: “en él habrá ríos de agua incorrupta, ríos de leche cuyo sabor no se alterará, ríos de vino que serán delicia de los bebedores.”. Y en este paraíso del sur no podía ser menos.

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