CRISTINA DE PIZÁN

Cubierta de la novela editada por Maeva

Cubierta de la novela editada por Maeva

            En estos días he leído una estupenda novela de Sabrina Capitani, el pseudónimo de la periodista y guionista televisiva  alemana Sabine Korsukewitz, editada por Maeva, con el título  “La escribana de París”, en la que narra la vida de Cristina de Pizán precursora de las mujeres escritoras y una de las figuras más interesantes de la Francia medieval.

Ha sido un deleite su lectura. Tuve ya el placer hace unos años de estudiarla, y de adentrarme en sus obras. Y la incorporé a mi libro “Seis escritoras medievales”. Ahora, la escritora alemana me la devuelve en una espléndida narrativa que ha merecido la pena leer y que aconsejo. Para los que menos conozcan a la protagonista, podemos decir que Cristina de Pizán (1365-1430) es, como afirma Patricia Carrafi, «una de las figuras más interesantes y significativas del panorama literario francés entre los siglos  XIV y XV». Y es, sin lugar a dudas, la “primera escritora” medieval, que no sólo escribe sino que “vive” de lo que escribe. En este sentido es la primera mujer “profesional” de la escritura.

De origen italiano, nació en Venecia alrededor de 1365, aunque vivió toda su vida en París donde se trasladó su familia cuando era aún niña. Su padre, Thomas de Pizán, que cursó sus estudios universitarios en Bolonia, fue contratado por el rey Carlos V como astrólogo y médico de la corte. Se convierte muy pronto en su consejero personal. Así que Cristina creció en la corte, y allí se educó. Este hecho le proporcionó la enorme ventaja de poder consultar la gran Biblioteca  Real del Louvre, algo de enorme valor para su formación. Hecho excepcional en una mujer de su época A esto se unió su gran amistad con el que fuera director de la Biblioteca hasta 1411, Gilles Malet. No cabe duda de que este cúmulo de circunstancias fue de gran importancia en su formación literaria y en su producción.

Pero, en 1380 muere Carlos V y su padre pierde influencia y muere poco después, como también lo hace su marido, Etienne de Castel, a causa de la epidemia de 1390, con lo que comienza para ella un período de desgracias y soledad. «Sola estoy, y sola me quiero quedar / sola me ha dejado mi dulce amigo», escribe. Se queda, pues, viuda a los veinticinco años, con sus hijos que mantener. Esta circunstancia la obliga a asumir la responsabilidad y la guía de su familia. Es en ese momento en el que Cristina decide dedicarse al estudio y a la escritura. Y es ahí cuando, según ella misma cuenta, se produce la gran metamorfosis. «Me encontré con un ánimo fuerte e intrépido, / del cual me sorprendía, pero comprendí / que me había convertido en un auténtico hombre». Y este cambio profundo la convierte en escritora: «Entonces me convertí en un auténtico hombre, no es una historia, / capaz de conducir las naves. Fortuna me enseñó este oficio». Durante este período se dedicó a buscar mecenas que le permitieran desarrollar este oficio suyo de escribir; e incluso parece que se mantuvo y subsistió copiando manuscritos y posiblemente hasta llegó a montar un taller de copistería. Todo esto daría sus frutos en 1400, cuando comienzan a hacerse famosas algunas de sus obras. La fama, claro está, la lanza también en un debate entre hombres y mujeres.

Cristina de Pizán, escritora, en un dibujo de Ángeles Aliaño

Cristina de Pizán, escritora, en un dibujo de Ángeles Aliaño

Cristina de Pizán va a desarrollar argumentos que siglos más tardes serán fundamentales en la lectura feminista. ¿La presunta “inferioridad” de las mujeres lo es por naturaleza o más bien es un fruto de la cultura o la educación o, mejor dicho, de la falta de acceso a las mismas?

Su obra más importante es Le Livre de la Cité des dames, en él llega a lamentarse de no haber nacido varón. «En mi locura me desesperaba por el hecho de que Dios me hubiese puesto en el mundo en un cuerpo de mujer». Lo cual no le priva de sentirse orgullosa de su sexo. «Las mujeres deberían bendecir y alabar a Dios que ha confiado el tesoro de sus almas a cuerpos femeninos». “¡Oh, Dama! [la Virgen], ¿quién puede haber que, considerando tu dignidad, ose dejar escapar de su boca este ultraje, que el sexo femenino es vil?” Y en su emblemático libro, que sale a la luz cuando ella ya tiene cierta fama y consideración, no oculta que los responsables de tal situación son los clérigos de su época. De hecho, denuncia: “Las damas de las que os he hablado / se lamentan porque muchos clérigos hablan mal de ellas, / escriben en rima, en prosa y en verso / difamando sus costumbres con palabras diferentes”». E invita a seguir su ejemplo con el fin de equilibrar la balanza: «Pero si las mujeres hubiesen escrito los libros / estoy segura de que hubiese sido diferente, / porque saben muy bien que equivocadamente han sido acusadas / de manera que las partes no se han repartido equitativamente, / pues los más fuertes toman la parte más grande / y quien reparte se queda con la mejor».

Como afirma Patricia Caraffi, «en la Citè la autora se autolegitima para colmar este vacío, trazando con su saber y la experiencia una nueva y autorizada visión del mundo. Entre las causas de esta ausencia femenina de la escena intelectual no existe, en verdad, una inferioridad natural, cuanto una educación poderosamente limitada». «Si a las niñas se les mandara a la escuela y tuviesen la misma educación reservada a los hombres “aprenderían igual de bien y comprenderían las sutilezas de todas las artes, al igual que ellos hacen”, dado que “una mujer inteligente logra hacerlo todo”». Y a esta dificultad se une la de estar encerrada siempre en casa que impide a las mujeres enriquecerse con diferentes experiencias. Y concluye: «¡Que se callen! Que se callen de ahora en adelante los malditos clérigos… y sus cómplices y los que los apoyan. Que bajen los ojos de vergüenza por haber osado mentir tanto en sus libros, mientras que la verdad va en contra de sus afirmaciones».

Una mujer valiente, que se adelanta a su época y abre un camino que con el pasar de los tiempos se hace imparable. La historia le ha dado la razón. Ahora, esta novela nos devuelve con una narrativa apasionante y en un marco histórico, reconstruido por su autora, de manera magistral, a esta excepcional mujer, la primera en aquellos siglos oscuros y difíciles que fue capaz de vivir de su propia producción. Vale la pena la lectura de este libro, como acercamiento a la historia, como deleite y como fuente de conocimiento de esta valiente escritora francesa.

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