Archivo para 24/08/10

APRENDIENDO EN LOS LIBROS Y EL VALOR DE LAS RAÍCES

Harto ya de tanta palabrería hueca, de tanta mentecatez estructural, de tanta mediocridad sedimentada y de tanto escapismo a la hora de ir a las causas profundas, al nudo gordiano de las cuestiones, a los argumentos serios y razonados, al interés común, de unos políticos de tan poco fuste y tan ligeritos de argumentos, que hasta para leer discursos políticos tengo que refugiarme en los clásicos; y aunque parezca original –que no debería serlo- en estos días estoy leyendo a Cicerón.  Marco Tulio Cicerón, es un interesante político de la época republicana, allá por la mitad del siglo I a.C. Y aunque algunos me lo reprochen y me lo expresen, y digan que leo demasiado a los filósofos, a los escritores clásicos, uno tiene derecho a solazarse con textos mejores que los que me proporciona la superficialidad de algunos, el escaso nivel de otros, y las prisas de la mayoría, a la hora de contarme las cosas. Y cómo todos tenemos derecho a vencer el aburrimiento, yo lo hago leyéndome una serie de discursos políticos senatoriales, tan jugosos, tan contundentes y de tan buena oratoria como son las Catilinarias, o el tratado Sobre los deberes, que este romano dedicó a su hijo. Y así aprendo, que tanta falta me hace. Una labor que no acaba nunca. Y, de camino, me nutro un poco, cultural, histórica e intelectualmente, en este tiempo de tan poca transmisión y tanta devaluación de los que pusieron cimientos a nuestra Europa y la fueron construyendo a lo largo de los siglos. Y que, poco a poco, tengo la esperanza de que también me construyan a mí. Porque, como dice Mario Benedetti, quiero estar entre libros porque “en ellos he aprendido a dar mis pasos, a convivir con mañas y soplidos vitales, a comprender lo que crearon otros y a ser por fin este poco que soy”. ¿O no nos parece sabio y realista este texto que Cicerón escribe en su tratado Sobre los deberes? “Debemos huir con todo empeño de la soberbia, del desprecio y de la arrogancia en los momentos en que todo nos resulta prósperamente y a pedir de boca, porque es nota de liviandad de ánimo n0o saber moderarse tanto en la fortuna próspera como en la adversa… Es maravillosa la ecuanimidad en toda la vida, tener siempre la misma cara y la misma frente”. No me parece mal consejo y ya me hubiera gustado haberlo leído antes.


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