MAMARRACHO

    Estoy de acuerdo con mi amigo que me pregunta la razón de por qué no hago comentarios sobre política en mi blog, de un tiempo a esta parte. Y es que no sé por donde coger la sartén y la coja por donde la coja saldrá el estúpido de turno a marear la perdiz con etiquetas productoras de humo, para que ciegue la vista y todos andemos atontados por las calles. Y es que “esto es un mamarracho”, me dice con razón el paisano que me interroga, esta vez afirmando. Su expresión es de hastío y esconde un gesto que más bien me parece de derrota, cuando no de impotencia. Y cuando vuelvo a casa, no paro de dar vueltas a la expresión. El diccionario del a RAE me devuelve el sentido de la palabra. Tiene dos accesiones para nuestros ilustres académicos. La primera define la palabra en estos términos: “Figura defectuosa y ridícula, o adorno mal hecho o mal pintado. Llámase también así a otras cosas imperfectas, ridículas y extravagantes”. La segunda define al mamarracho como “hombre informal, no merecedor de respeto”.

 Entiendo que cuando mis amigos hablan de la situación emplean el término en sus dos accesiones. Unas veces cargan las tintas sobre la primera y, con frecuencia, usaban la segunda.

          Esto es un mamarracho y deduzco que lo es porque éstos son unos mamarrachos. Por ahí transita el intercambio verbal de los paisanos que desahogaba el desánimo ante un panorama que ya no convence a nadie y que produce hartazgo, cuando no desesperación e impotencia. Y es que, no salimos de Guatemala cuando ya entramos en guatepeor. ¿A ver quién da más? Y así rompemos los límites de la paciencia, del aguante y de la hartura de todo lo que pasea impúdicamente por los foros políticos. Y es que la gente, solicitada ahora por todos los partidos, por todas las opciones, para que acudan a las urnas a darles el poder municipal para los próximos cuatro años, está hasta la punta del pelo y piden seriedad y sentido común hallando por respuesta una frivolidad que espanta al más pintado. Y el vaso de la paciencia se va colmando y el clamor eleva la discusión a tonos que no me gustan pero que son irremediables. “Éstos son unos mamarrachos”, repiten; “esto es una mamarrachada”, aseveran. Y entre pitos y flautas se nos acaba el día con  una sensación de desasosiego que a mí me espanta, me preocupa y me deja un amargo sabor de boca que nada de lo que acontece a mi alrededor logra desterrar. Así está el panorama, aunque me pese a mí, aunque a muchos les pese. Y es que el espectáculo que algunos están dando no puede producir zanahorias donde se siembran de continuo patatas y más patatas. Y la esperanza de que venga alguien a sembrar cordura, honestidad y buen hacer en este batiburrillo de impertinencias es la única salida que me queda. Pero, ¿quién?, me pregunto.

          Mamarracho son las intervenciones en materia económica, que nos van a llevar no se sabe dónde, mamarracho son para muchos los vaivenes que se intuyen en las reboticas del poder, mamarrachos son los desatinos que tienen desconcertada a la parroquia y mamarracho es querer crecer y progresar por vericuetos que se alejan de la ética más elemental y que tienen al personal sumido en el desconcierto. Y con este mamarracho entre las manos, poco explicado y lleno de incoherencias, nos piden los políticos que acudamos a las urnas. Después se asombrarán de que nos vayamos a la playa si hace un buen día de sol, nos demos un paseo por el campo, o nos vayamos al Rocío, por poner un ejemplo. Y ante tanta depresión, la gente está harta de tanto cachondeo y busca otro cachondeo alternativo y sano para salir del paso y para pasar el mal trago echándose unas sevillanas y poniendo sus expectativas en otras cosas. Y hay que tener muchos reaños y una dosis de esperanza como la que muchos albergamos para admitir que algunos mamarrachos nos vayan a sacar de estos charcos que nos llenan de barro los zapatos.

          Lo sé: huir es de cobardes y el horno no está para el escaqueo. Porque ya son muchos los que no aguantan más la situación y los números –por ejemplo el de esos 4.920.000 parados- esconden personas, familias, dramas y desesperación.

          No sé si un mes les será suficiente a los mareaperdices de la política  para enmendar la plana antes de que el cansancio nos lleve al pesimismo y a la desesperanza y no nos dé por huir a otros pagos, irreales también. La esperanza es lo único que se pierde y aquí estamos viéndolas venir, escudriñando en los discursos que se nos hacen, estudiando propuestas que esperan no ser papel mojado y esperando que la cordura, la claridad, la buena gestión y las propuestas válidas terminen por expresarse. Y aparquen por un tiempo el trabajo en el cortijillo `particular y echen una mano en el común cortijo que es de todos, que para eso les pagamos.

Por coherencia y para defender esta democracia que nos hemos dado y que algunos listillos tratan de mediatizar nos tiene que llevar a exigir seriedad ante una situación que no es de broma; honradez y sensatez. Y a finales del mes que viene –una vez exigido lo exigible a los partidos- acudir a las urnas. Rectificar es de sabios, lo mejor ya nos lo merecemos, y si mientras, los mamarrachos se adecentan, mejor que mejor. Falta hace.

 

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